martes, 18 de marzo de 2014

Arqueología y otros menesteres

Después de mucho tiempo vuelvo a escribir y es que se puede decir que la semana pasada fue sin duda una de las mejores que he pasado desde que llegue a Chile.

Todo empezó hace casi dos semanas, cuando Sole me llamó para decirme que querían contar conmigo para un trabajo de arqueología. En principio sólo iba como asistente pero para mi era más que suficiente y pedí permiso en el trabajo (prácticamente era de un día para otro).

A las prisas de asunto se unía una nueva mudanza, a otra cabaña a escasos 500 metros cuesta arriba de donde vivíamos (¿Por qué los viajes por trabajo siempre coinciden con las mudanzas?),  el mismo día del viaje. Un día en que tenía que coger un autobús a Santiago (6 horas) para al día siguiente volar a Iquique (2:30 de vuelo). Como no podía ser de otra manera sucedieron unas cuantas cosas interesantes.

Tras apurar al máximo el tiempo con la mudanza, el colectivo (especie de taxi) que me tenía que dejar en la estación de autobuses me dejó a medio camino, para estresarme aún un poquito más, cuando el colectivo se fue y yo estaba a punto de coger otro me di cuenta de que se me había caído el móvil español en el coche. Empezó entonces una persecución entre colectivos (creo que el conductor estaba deseando escuchar la frase "¡persiga a ese coche!") que terminó con la milagrosa recuperación de mi teléfono.

No obstante había perdido un tiempo precioso, llegué a la estación prácticamente a la hora y descubrí que... el autobús llevaba un retraso de 3 horas... me cambiaron amablemente el billete para otro bus que salia en una hora e hice tiempo por el centro de Coquimbo.

Cuando creía que se habían terminado los problemas, subido en el autobús pensando en ovejitas saltando escaños del congreso, el transporte sufrió un problema mecánico y estuvimos dos horas tirados en medio de la nada.

Llegué a Santiago y de nuevo a correr, porque me cerraban el metro, conseguí tomar el último y llegar a la casa de Graciela, que nos acogió esa noche para al día siguiente a las 7 de la mañana salir al aeropuerto...

A partir de ahi todo fue bien. Iquique es una ciudad costera que estos días ha salido en la prensa por el aviso de tsunami, es un lugar bonito, redeada de montañas y desiertos.

Nosotros fuimos directamente a un pueblo del interior, un oasis en medio del desierto llamado Pintado (aunque los evangelistas que se hicieron con el pueblo en los años 60 lo llaman pueblo de Jehová, que me daban ganas de ir saltando con taparrabos cantando eso de "Jehová! Jehová!" para el que no lo entienda, que vuelva a ver la película de la vida de Brian).

Un pueblo sin alcohol, sin tabaco, sin internet para el "turista", sin espejos dentro de las casas, llenos de autos abandonados y con 300 habitantes en hogares dispersos con unos 1000 carteles de "Vuélvete a Cristo".

Aunque a alguno de vosotros, pecadores hedonistas, esto le pueda parecer un infierno, la verdad es que para mi fue perfecto. No, no es lo que pensáis, no he sentido la llamada del Señor, los habitantes de Pintado son muy respetuosos y nunca nos insinuaron ni nos intentaron convertir a la fe evangelista. La verdad es que me vino genial para desconectar del mundo y ponerme en contacto conmigo mismo y además de los huertos tenían un montón de animalitos  tipo avestruces, cuis, conejos con sobrepeso, llamas, cabras...

Por la mañana salíamos al cerro de Challacollo, en medio del desierto, a hacer prospecciones, por la tarde temprano volvíamos a la casa, dormíamos la siesta, conversábamos, paseábamos...

Lo que encontramos en Challacollo fue genial, yo no tuve tiempo de documentarme demasiado (de hecho es lo que he estado haciendo los dos últimos días). Encontramos un cementerio minero de principios del siglo XX, casas y zonas industriales además de

basura en forma de latas, cristales, cueros, restos de barriles, esqueletos de mulas, objetos de hojalata...

Entre las cosas curiosas, dentro de un costal de cuero abandonado encontramos un periódico de 1895 y en una antigua casa de piquinero (mineros ilegales que excavaban tradicionalmente) encontramos una lata de gasolina (que empiezan a fabricarse en 1905) con un punteado que venía a decir " Toñito Guillermo, en memoria de mi perro fiel i cariñoso", aquí en Chile se escribía con la i en vez de
con la y hasta mas o menos 1930.

Encontramos también unos hornos de plata en uno de los laterales del cerro, rodeados de montones de basura en forma de lozas inglesas, teteras, lámparas, cajas de té, latas, botellas... en lo que debió de ser el poblado antiguo de los mineros.

Una vez en casa y documentándome he podido colocar más o menos cada cosa en un tiempo, reconstruyendo un poco la historia de Challacollo que no deja de ser la historia de la minería de Chile y del mundo Contemporáneo. Un mundo de precariedad, inestabilidad, muerte, colapso y donde el desierto lo va cubriendo todo con dunas de arena.

Un abrazo para todos.